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Díaz Vélez Eustoquio

 

 

Nació en la ciudad de Buenos Aires en noviembre de 1782, hijo de Francisco José Díaz Vélez -andaluz militar - y de María Petrona Aráoz -tucumana- ambos pertenecientes a sendas familias aristocráticas virreinales. Deja su actividad mercantil para abrazar la carrera de las armas a partir de 1806 con motivo de las invasiones inglesas al Río de la Plata luchando bajo las órdenes de Santiago de Liniers y Cornelio Saavedra y destacándose por su valor. Vuelto a Buenos Aires, el 18 de marzo de 1814 contrae matrimonio con la dama Carmen Guerrero y Obarrio, de cuya unión nacen tres hijos: Carmen, Manuela y Eustoquio. Francisco José falleció en Buenos Aires, el 1 de abril de 1856. Sus restos descansan en la bóveda familiar del Cementerio de la Recoleta declarada Monumento Histórico Nacional.


En Montes de Oca 140, está la “Casa de los Leones” en Barracas, que fue propiedad de Eustoquio Díaz Vélez, quien tenía una rara fascinación por los leones. Al punto que los criaba dentro de la mansión. Los animales andaban sueltos por el enorme jardín. Las puertas de la casa eran talladas a mano, sus pinturas al óleo y sus jardines con rica variedad de plantas.

 

QUE FUE DE SU DESCENDENCIA?

El propio Eustoquio Díaz Vélez  (hijo) y su mujer doña Josefa Cano Díaz Vélez de Díaz Vélez (quien era sobrina de don Eustoquio (hijo) por ser hija de una hermana de éste, doña Carmen Díaz Vélez de Cano) falleció en el año 1910, precisamente en la fecha del Centenario, y muy poco tiempo después, su viuda, que no pudo soportar su fallecimiento.  Es verdad que don Eustoquio (hijo) era millonario; efectivamente fue uno de los más importantes terratenientes y uno de los más grandes estancieros de la Provincia de Buenos Aires de fines de siglo XIX y dos veces Presidente del Club del Progreso. Asimismo el Palacio Díaz Vélez fue una de las principales quintas  de la Calle Larga de Barracas que con el tiempo fue reformado por la familia y convertido en un espléndido edificio de líneas francesas rodeado por un hermoso parque. Carlos Díaz Vélez su hijo, quien era ingeniero, contrajo matrimonio con doña Mathilde Álvarez de Toledo mientras que su hermano Eugenio, quien era arquitecto, con doña María Escalada. Ambos matrimonios tuvieron dos hijas cada uno: Carlos, a Carmen (su nombre completo era María del Carmen Felicitas, llamada coloquialmente “Tita”) y Mathilde (su nombre completo era María Mathilde, llamada coloquialmente “Patina”). Por su parte Eugenio tuvo dos mujeres también: María Eugenia y Josefina. Las cuatro primas nacidas en la última década del siglo XIX. La familia de Eugenio continuó viviendo en el Palacio Díaz Vélez mucho después del fallecimiento de Eustoquio (hijo) y su esposa. Carlos y su familia se trasladó a un bello Petit hotel de la calle Paraguay 1535, aún existente.

Recién con el fallecimiento de don Eugenio, su viuda María Escalada, vende el Palacio y su gran parque al Estado en la década de 1930, el que pasó a integrar la Casa Cuna, luego cedido a la Fundación Vitra, para la rehabilitación de pacientes con problemas respiratorios. Sus dos hijas vivieron en dos magníficos edificios adyacentes a la plaza Grand Bourg: uno, en el más puro modernismo de su época, que es hoy sede del Fondo Nacional de las Artes (que fuera la vivienda de doña Victoria Ocampo, íntima amiga de Mathilde Díaz Vélez) y el otro, construido en los años 1950, que es una gran casa de tres pisos en la Avenida Figueroa Alcorta denominada hoy la Casa del Lapacho, llamada así por tener un magnífico ejemplar de lapacho colorado, hecho plantar especialmente por la familia Díaz Vélez, que sí se destaca por haber incluido en sus viviendas importantes especies vegetales.
 

HECHOS CURIOSOS

  Decían que la viuda de Díaz Vélez -no sabemos quién, pero parecería, que se trataría de María Escalada- estaba separada de él, y que el rumor era que el hombre - no sabemos quién, tampoco - tenía pésimo carácter y era insoportable hasta para quienes servían en la casa.  Que la viuda quiso deshacerse de la casa apenas el marido murió, ya que la misma sólo había sido un lugar de desdicha para ella,  y que al entierro no acudió nadie.  Que ni los propios criados quisieron acompañar al cortejo. Y que el cajón salió por la calle Tacuarí en la mayor soledad. Según el relato de vecinos, las únicas lágrimas vertidas fueron las de la esposa del último Díaz Vélez, mientras vivía con él.

 
           

 

 

 


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